Odio la arena de la playa, odio llegar a casa y tener la sensación de estar ensuciando todo a mi paso con los montones de arena que se han ido pegando a mi cuerpo y que al movimiento de mis pasos van dejando un rastro de por dónde voy andando.
Aunque en realidad echo muchísimo de menos notar el frío de la brisa del mar, sentir cómo mis pies se hunden a cada paso, el sonido de las olas al romper, las gaviotas que devoran todo aquello que viene a morir a la orilla. Añoro el sentarme durante horas a mirar al horizonte, hacia ninguna parte, simplemente pensando sin pensar, mirando sin mirar y esperando sin esperar a que otro día más se extinga en ese horizonte plagado de delfines y atardeceres.
Tengo ganas de pisar de nuevo la Langosteira, pero me tendré que conformar con las playas de Gijón.
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Strawberry Hardcore-Ya no hay olas en Mundaka







