Yo era bastante pequeña y aún se podían vender animales en los mercadillos.
Le pedí a mi tía que me comprara un pato…, yo siempre pedía tantas y tantas cosas que el pedir cosas absurdas ya era parte de mí. Recuerdo que me sorprendió bastante cuando mi tía me llevó de la mano al puesto de pollitos y patos y me compró uno amarillo.
La cara de mis padres fue un poema, eso sí, recuerdo cómo mi pequeño Jerry nadaba, vivía en la terraza de mi salón y compartíamos las tardes.
Pero lo bueno no dura siempre y un buen día se lo llevaron al pueblo a que fuera feliz con otros patos en un río seco.
Ellos dicen que le dejaron en libertad.
Yo sigo convencida de que esa noche alguien cenó pato a la naranja
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