Él lloraba por las noches la ausencia. Ella le encontró en medio de la desesperación y le consoló. Él, agradecido, metió su trozo de corazón dañado en una cajita y se lo entregó. Ella prometió ser guardia y custodia de tan precioso presente. Lo lavó, lo cosió, lo remendó y lo guardo en el lugar más secreto y más recóndito con la esperanza de que fuera por siempre suyo.
Pasó el tiempo y tal como ella había pensado, él era para ella y ella para él. Tanto tiempo pasó que todo fue cambiando, salvo ella, que inocente creía que siempre sería suyo.
Un buen día ella vio que él no la necesitaba, que había entregado otro trozo de corazón; sin romper; a otra persona.
Ella corrió, buscó y rebuscó dónde había metido su trocito dañado de corazón esperando poder recuperar lo que creía suyo. Y cuando lo encontró, no pudo sino solo romper a llorar viendo que aquel trocito rojo estaba totalmente seco y hecho polvo.
Y es que si él no lo alimentaba en la distancia, por mucho que ella lo hubiera cuidado y amado, acababa muriendo.
Ahora el triste, dañado, roto y remendado corazón era el de ella, y a él parecía no importarle.