Dicen que las cosas, muchas veces, acaban como empiezan, quizá es por eso que pienso que todo debió acabar aquel día, en una estación de ferrocarril. La verdad es que empezó de una de las maneras más románticas que se me ocurren, un choque en la puerta de la estación, un cruce de miradas de mis ojos escondidos tras unas gafas azules y sus ojos verdes, hundidos por la resaca y la noche sin dormir.
Si me preguntaran en qué momento dejé de creer en lo “nuestro”, no sabría qué decir. Normalmente soy de esas personas que apenas recuerdan las lágrimas y siempre se preguntan qué falló. Tengo claro que tus malas palabras, tus malas caras, tu impaciencia, tus mentiras, tus abandonos y todo aquello por lo que conseguías que yo, cada día, me hundiera más y más, son los culpables de que dejara de creer en ello. Sin embargo, sé con certeza, que uno de los momentos que guardo con más amargor, fue aquel en que decidiste que lo mejor era irte a tu casa y dejarme sola en la inmensidad de Madrid.
Ahora mismo, tengo dudas, tengo esperanzas y tengo fe en que has cambiado. Es una lástima que tu silencio haga notar que las ilusiones son solo eso y se desvanecen en silencio. No sé qué pasa, solo sé que simplemente yo estoy empezando a recordar que ya te había olvidado. No soy yo quien tiene que mover pieza ahora, es tu turno, siempre lo ha sido.